A más de uno nos agrada que nos den likes, que nos escriban algo y que nos sigan en nuestras redes sociales. Es la estima que hemos delegado en Facebook, Twitter, Instagram y YouTube principalmente. Es una realidad aplastante que casi todos usamos redes sociales, pero me pregunto para qué las usamos. Tengo la sensación que cada vez más gente se disfraza en sus perfiles de persona «guay» y «alegre». Todo para obtener unos likes que les aportarán una autoestima temporal muy efímera. Por eso todos los días es necesario recurrir a la caza de la autoestima en las redes. Sorprende lo tremendamente similar que son todas las publicaciones para recibir likes.

Dentro de mi mundo, sigo viendo sin cesar, todo artificial. Sólo veo personas que se ocultan tras una máscara identica a otras máscaras. No veo nada original, nada auténtico, nada políticamente incorrecto. Por lo general, consigues más likes cuando publicas lo más superficial, y mil veces visto, y lo que mayor carga de peloteo de masas tiene. Escríbele a alguien guapo o guapa y un like seguro tendrás, escríbele a alguien no me agradas y cien enemigos te saldrán, los que siempre piden sinceridad.

Y es que sigo sintiendo que vivimos en un mundo donde triunfa lo falso, entendiéndose como falso también la desconfianza. Y es que nadie confía en nadie, nadie se abre a nadie, nadie se arriesga a perder su máscara de persona alegre, humilde, sincera, buena persona y divertida. Somos personas falsas que vivimos en una dinámica de falsedad. Se premia a lo similar y a las apariencias de felicidad. Yo no puedo, por más que quisiera. No puedo cambiar mis estados tristes, deprimidos y angustiados por falsas sonrisas, falsas amistades y falsas apariencias. Todo para venderse a una autoestima basada en likes, seguidores y en mil palmaditas en la espalda por internet.

 

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